Publicado en La Voz de Galicia el 6/4/08
«Yo trabajaba con uno de los secuestradores de Ortega Lara, lo tenían escondido y él venía cada día como si nada»
Mondragón es una localidad industrial en pleno alto Deba, una comarca de impresionantes paisajes pero pésimamente comunicada, hasta que concluyan las obras de la autopista. Los camiones, que pasan a cientos, torpedean el tránsito por la sinuosa carretera que conduce al pueblo. La planta de la empresa Fagor destaca entre las decenas de naves industriales que rodean el enclave. Da trabajo a una legión de vecinos, entre los que, hasta su jubilación, figuraban Antonia y Elisa, dos de las residentes en el número 8 de la calle Navas de Tolosa.
Antonia llegó de la localidad ourensana de Maceda «hace más de 45 años» junto a su marido. En Mondragón tuvo varios hijos antes de quedarse viuda. Uno de ellos, Jesús, aún vive en casa con su madre. A diferencia de su amiga Benedita, que nunca quiso dejar de ser ama de casa, Antonia encontró empleo en el departamento de mantenimiento de Fagor. Entre sus compañeros, estaba José Miguel Gaztelu. «Trabajábamos con uno de los secuestradores de Ortega Lara y nadie se dio cuenta. Lo tenían escondido y él venía cada día como si nada».
En el pueblo gobierna ANV y la sede socialista ni siquiera tiene un cartel que la identifique. En la fachada del Ayuntamiento no hay banderas, pero sí un cartel exigiendo el reagrupamiento de presos. Los independentistas más radicales no se esconden, pero Gaztelu logró pasar desapercibido: «Decían que era de HB, aunque él no se significaba -apunta la ourensana-, cuando se supo aquello sorprendió a todo el mundo».
La impunidad con la que viven muchos radicales en la localidad comenzó a romperse de algún modo tras el asesinato de Isaías. Antonia recuerda que aquel día «mucha gente salió a la calle a protestar, nunca había visto a tantos». Sin embargo, tampoco quiere excederse en el optimismo y tiene sus razones: «Llegué aquí hace 45 años y las cosas ya eran así. ¿No cree que es tiempo suficiente para que el terrorismo hubiera terminado?».
Los de fuera hacen grupo
Pese a las quejas, tampoco piensa en el retorno: «Tengo casa en Galicia, pero vivo bien aquí. Hay trabajo y estoy muy a gusto». Su hijo Jesús también está contento en Mondragón, aunque percibe un trato diferente «con los de fuera». «Nací aquí, pero sé hablar gallego y no sé vasco. Los inmigrantes nos juntamos entre nosotros; mis amigos son sobre todo gallegos, asturianos, leoneses...», detalla.
Otra que no volverá a vivir en su Lalín natal es Elisa, también viuda, ex empleada de Fagor y vecina de la familia de Isaías. Responde sin dejar de barrer la cocina y aún tiene tiempo de echar un vistazo a las noticias de la TVG. «Es la cadena que veo siempre, me encanta Luar », confiesa. Llegó a Mondragón con 14 años y se casó con un ourensano. Cuando visita Galicia, sus familiares le preguntan si va por la calle tranquila. «Yo me río y les digo a ellos que si no tienen miedo a los ladrones, porque las noticias de la gallega siempre hablan de robos. Salí de Lalín porque no tenía nada, y aquí me he sentido más querida que en ningún lado».
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